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La bella vita abbastanza bella da essere vita – Jovanotti

Así me fue: Día japonés en Düsseldorf

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Sentada a la orilla de un Rhin que no es el mío empiezo a pensar sobre lo afortunada que soy por poder vivir en Köln. En este Rhin no hay Dom en el horizonte, tampoco hay puente de los candados ni Saint Georges viertel algo falta. La gente se aglomera en las escaleras donde nos encontramos para ver los fuegos artificiales que comenzarán hasta dentro de un par de horas. Atrás un grupo de mujeres (a las en realidad no les queda el sustantivo) hacen burla del acento japonés. Irónicamente este día se celebra a la colonia japonesa que vive en Düsseldorf, la más grande de toda Europa. Esto ya no es Köln y aunque solamente se encuentra a escasos 30 minutos en tren, todo parece muy diferente.

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Llegamos aquí buscando stands de comida japonesa, prometidas actividades de esta cultura, para ver los fuegos artificiales y por supuesto por simple curiosidad. En cambio, encontramos un concierto que nada se relaciona con Japón, cientos de tiendas buscando vender productos que llegaron desde la isla y muchos… en verdad muchos… fans del anime disfrazados como sus personajes favoritos y uno que otro despistado con disfraz de  Lord of the Rings y Star Wars. En realidad no había mucho que hacer en el lugar pero valía la pena recorrerlo y esperar a que dieran las 23:00 para disfrutar de los Feuerwerk que nos habíamos perdido  hace algún tiempo en Köln.

Finalmente, encontramos los dichosos stands de comida japonesa. Un arroz con curry y una banderilla de pollo cocinada al estilo japonés valían para satisfacer el hambre que se había acumulado luego de tomar el tren y caminar en busca de esas pequeña partes de Japón en Nord Rhein Westfalen. La comida siempre se agradece, pero claro, se agradece más cuando tiene un sabor tan bueno como el de estos platos a los que no se les puede pedir más. Tras comprobar aquel dicho de “panza llena corazón contento” caminamos un poco por los stands con los productos, todo para terminar con un total de una compra entre cuatro personas. Nada mal si lo pensamos desde el punto de vista económico.

Había que buscar lugar para ver el evento principal. Primero, ubicamos un pequeño puesto frente al restaurante que transmitía la final de la Liga Pokal (la copa) entre el Bayern y mi Dortmund. Por supuesto, no duramos mucho en el lugar y me perdí el que ahora ubico como “partido robado para el BVD” según los alemanes que apoyan al mismo equipo que yo. A caminar de nuevo y encontrar otro lugar, ahí en las escaleras era el más popular pues ofrecía la mejor vista o al menos la mejor para la cámaras de televisión.

Tras un rato de filosofar sobre la falta de Dom, o mejor dicho, la ausencia de todo lo Kölsch en Düsseldorf y la rivalidad de ambas ciudades al fin comenzaron los fuegos artificiales. Al fondo, acompañados de incómodos gritos y frases del grupo de amigas que nadie quisiera toparse en la vida. Al frente de nosotros, otro simpático grupo  de entusiastas que gritaban frases inentendibles. Merecen mil veces que uno les ruede los ojos y les dedique una de esas frases preparatorianas de “pinta un bosque y piérdete”. En fin. El espectáculo era lindo y motivaba a todos a sacar a su “ser baboso” al exterior. Es decir, gritar “oooooo” y aplaudir cada que una de estas explosiones de luz hacían algo peculiar. Luego de aproximadamente media hora ese lapsus de ser humano impresionado había terminado y era hora de volver a casa aunque esto no iba a ser tan fácil.

Como durante todo buen evento turístico (con motivos económicos dicho sea de paso), la ciudad estaba llena y moverse hacia la estación central era tan difícil como pasar por Reforma en día de marcha. El movimiento nos llevaba, no necesitabas caminar mucho pues la inercia hacía que de forma maravillosa llegaras de un punto a otro. No obstante, esto llega a ser desesperante y cuando ve a una persona abriéndose paso y logrando caminar es una buena idea seguirla. “Hay que seguir a la gordita” le dije a Patri cuando vi que este personaje se hacía espacio frente a la muchedumbre. Lamentablemente, no logramos ir detrás de “la gordita” y tuvimos que sobrevivir entre la masa por algunos minutos más. Por supuesto, alcanzar el tren que habíamos planeado tomar para volver a casa ya no era una opción.

Tras otro rato más en el que la masa jugó un papel estelar al permitirnos seguirla para llegar a la estación central logramos tomar el tren. Repleto, el tren anunciaba que había otras opciones para volver a Köln y que sería mejor tomarlas: una forma muy educada de decir que no cambiamos y que o se bajaban o no nos íbamos. En media hora estaríamos en casa, en ese  Rhin que sí es nuestro y que tiene Dom de fondo, en ese en el que yo me la paso tan bien y que me recuerda a una Ciudad de México estilo alemán.

 

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